REVOLVIENDO
BASURA EN EL RELLENO DEL CEAMSE
Maratón
Todos los días a las cinco de la tarde, en las puertas
del relleno del Ceamse de José León Suárez,
un ejército de ciclistas, mujeres y chicos de a pie cruzan
doce kilómetros para trepar las montañas de basura
y buscar tesoros que les permitan vivir: hierros viejos, pañales,
restos de carne, comida envasada. Éstas son sus historias.
De
lunes a sábado hay una carrera. Son las cinco de la tarde
y los participantes están en sus puestos, el cuerpo tenso
sobre la pista de tierra, la gorra firme. Hay más de quinientos
ciclistas. En la podrida orilla del Reconquista hombres de todas
las edades esperan compactos la señal de largada. Hora
de entrar a laburar: de un lado los de San Miguel, del otro los
de San Martín. Cuando la policía despeja el puente,
zarpan las bicis con todo rumbo al relleno sanitario de José
León Suárez. Hay chicos, y las mujeres mayores caminan,
salen media hora antes para llegar a tiempo. El olor se va haciendo
más denso por cada metro ganado. Los atletas, desde el
camino del Buen Ayre, deben cubrir un trayecto de 12 kilómetros
paradójicos: allí donde laten miles de toneladas
de basura enterrada ellos surcan terrenos parquizados con su arriba
de cielo azul y su debajo verde de yuyos ornamentales, espejos
de agua, arbustos de escenografía. La meta es la quema:
la montaña de descarga del relleno sanitario de José
León Suárez, el más grande de Ceamse. El
lugar en el que se entierra el 80% de la basura metropolitana:
absolutamente toda la de la ciudad de Buenos Aires y la de más
de 30 municipios de la provincia.
Al
llegar, los ciclistas bajan de un salto. Lo que al principio era
un vaho ahora es el cross directo de la podredumbre. Es un instante:
las inmensas máquinas retroexcavadoras quedan sin vida
y el silencio envuelve la respiración agitada de los que
pedalearon. Los que llegaron a pie esperan a los de las bicis.
Se miran. Ese cruce de miradas es el código, el acuerdo
para subir corriendo, todos al mismo tiempo. Y allí quedan
las bicis tiradas, como dispersas por un tifón chino, y
como chinos esforzados trepan la montaña promisoria del
relleno: cada uno sabe dónde encontrar lo suyo. Saben qué
días y en qué lugar los camiones bajan la basura
premium, la de los countries de la zona norte. De la basura de
los porteños se ocupan los cartoneros en las calles de
Buenos Aires; nadie pierde tiempo en explorarla. La premium tiene
la mayor capacidad de recupero. Los camiones la llevan a las plantas
recicladoras, salvo los días de poda, cuando la traen a
este lado. Las plantas son una solución pensada por Ceamse
para que los que van al relleno separen los materiales valiosos
y los vendan en condiciones dignas (ver recuadro).
DOS
CRISTINAS. Los hombres y las mujeres que trepan son la
prueba: la basura vale. Hacen el trabajo que la gestión
política no se decide a encarar en serio. Separan, reciclan.
Trepa Cristina Godoy por una pila de basura y su marido entierra
los pies en otra punta. Cristina tiene 36 años, ocho hijos,
gorro de Boca y una trayectoria: “Cartonera de toda la vida
y del tren blanco”. Remera pálida y pantalón
deportivo gastado. El uniforme de estos ¿recicladores informales?
está hecho de prendas que pasaron de cuerpo en cuerpo y
batallan sus últimos días sobre la piel de los que
están en el subsuelo de la pirámide social. A las
profundidades en las que habita esta Cristina no llega el impacto
de las buenas noticias: ni el crecimiento récord del 8,7%
del PBI del año pasado, ni las cifras sobre el descenso
de la pobreza que esgrime la otra Cristina, la de Casa Rosada.
En
rigor: sí que llega el crecimiento. Los que tienen más,
producen más basura. Y algunas del millón trescientas
mil personas que según cifras no oficiales se sumaron a
la pobreza en el último año, revuelven esos deshechos.
La señora Godoy vino desde la estación José
León Suárez y en sus manos está la recompensa:
los pañales más caros del mercado. Cristina no podría
pagar los 12 pesos y pico que cuesta el paquete de diez en el
súper. Ni va al súper. Sobrevive, como la mayoría
de estas personas, con galletitas, ropa y pañales cirujeados.
Cristina separa los pañales, descarta los hinchados de
líquidos de la basura. Hay varios impecables, en horas
estarán en la cola de un bebé.
–Gracias
a Dios mis hijas no vienen. Algo les llevo. Días de suerte
son cuando los supermercados tiran carne o salchicha y tenemos
para agregar al guiso –dice sin levantar los ojos ni detenerse
en clasificar pañales. Pasa rápido esta hora en
que el Ceamse decidió parar las máquinas y dejar
que la gente se las rebusque.
–Dale,
ma, vamo’ a buscar comida. ¡Pa’ qué tanto
pañal!
Lo dice un hombre a una de las mujeres inamovibles junto al tesoro
del día. Trepa empapada en sudor Rosa Pace, en el día
de su cumpleaños número 59. Vino del barrio Curita
de San Martín. Tiene una mano enguantada y la otra con
las marcas del yugo. “Una mano la protejo para no cortarme,
la otra la llevo suelta para saber qué toco.” Casi
todos acá llevan en el cuello una joya. Es un pedacito
de metal, una especie de abrelatas con hilos. La piedra preciosa
del collar es un detector de metales. “Si lo acerco a algo
y se pega, no sirve”, explica Rosa, que ya baja y carga
la bolsa. “No me puedo llevar mucho, ando caminando, son
como 45 minutos a pie”, dice y muestra el trabajo del día.
Pañales, otra vez pañales, “para mi nieto”.
Confites sueltos, cajas de pastillas de naranja, varios pares
de guantes de jardinería. Un día como hoy, hace
59 años, Rosa llegó al mundo en el Policlínico
San Martín. Ahí fue empleada de limpieza. En el
medio se casó, tuvo diez hijos, su marido quedó
discapacitado.
–¿Fue
un buen día de trabajo?
–Sí,
aunque no encontré comida. Tuve suerte con los pañales.
–¿Viene
siempre?
–Tengo
que venir sí o sí. Con lluvia, calor, frío.
No sabe lo que fue el día que cayó piedra. Nunca
vi una cosa así.
–¿Y
sus hijos?
–Hay
dos que son remiseros, pero no me pueden ayudar. Los más
chicos viven conmigo. No vienen acá. Me da miedo. Gracias
a Dios encontré algo y pañales para mis nietos.
Ojalá que siga la cosa así.
–¿Así
cómo?
–Que
no falte, que haya. Lo que no queremos es que tapen con tierra
lo que a nosotros nos puede servir.
Tapar
con tierra es lo que da de vivir al Ceamse. Rescatar ahí
cartón y metal, lo que da de comer a Julio Daniel Vieyra.
“Para vender”, dice. Mauro Peralta, del barrio Independencia,
tiene 22 años y un cuerpo atlético esculpido en
el gimnasio del ir, venir, trepar, cargar en el relleno.
–Llevo
diez años viniendo. Desde que tenía 12 –dice
debajo de una camiseta que a su vez dice Marbella–. La remera
también me la conseguí acá, en el supermercado.
Se ríe, igual que todos, sin dejar de mirar el suelo.
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Todos
los días a las cinco de la tarde, en las puertas
del relleno del Ceamse de José León Suárez,
un ejército de ciclistas, mujeres y chicos de a pie
cruzan 12 km para trepar las montañas de basura y
buscar tesoros. (T: Maru Ludueña. F: Eduardo Carrera) |
MUZZARELLA
Y OTROS HALLAZGOS. “Mirá”, dice Javier
Maciel, 28 años, del barrio Utta, y levanta los brazos
con el trofeo: dos rollos de muzzarella.
–Antes
nos corrían los vigilantes. Ahora se trabaja mejor, cuenta
y embolsa la muzza y varios paquetes de papas fritas sabor mediterráneo.
Lee la fecha de vencimiento: julio de 2008. “Están
rotas”, informa y saca cuentas. Las vende a centavos en
la plaza. A unos metros, un rubio de ojos celestes que las chicas
podrían confundir con Facundo Arana busca aluminio y cobre.
Su look es impecable, como si estuviera en un shopping. “No
se da –le dice a otro pibe–.
Dejo
el currículo y nada. Será que vivo en una villa.”
Se llama Maximiliano Lucio, tiene 19 años y espera un hijo.
“Me dijeron que en las plantas de reciclaje están
por tomar a 20 personas. Si sabés algo, ¿me avisás?”,
le pregunta a otro.
–Hoy
tiró un hiper, anuncia eufórico un tipo y encara
la vuelta. Empuja feliz un carro lleno. Se hizo de un inodoro
y una maceta terracota gigante. Cuando los policías avisan
que terminó la hora, la mayoría vuelve en una caravana
de bicicletas, cargando bultos enormes sobre las espaldas, fardos
atados con artilugios que burlan la imaginación.
El
sol baja como una bola magenta y furiosa, y el día no parece
tan malo y la basura parece valiosa. Las caras cobran un color
rosado, casi saludable. Hasta acá llegan cámaras
del mundo para congelar esta imagen, la sorpresa presunta de la
pobreza extrema, crepuscular.
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En
este lugar se entierra el 80% de la basura metropolitana:
absolutamente toda la de la ciudad de Buenos Aires y la
de más de 30 municipios de la provincia. |
El
paseo diario hasta la cima de la quema
Es
un ejercicio. Cada tanto Marcela deja su oficina, una cabaña
tipo Bariloche sobre el relleno de Ceamse. Y se va a la quema.
La saludan, la conocen. Marcela Pozzuoli no quiere olvidar que
ahí surgió la idea de las plantas de reciclaje.
Está a cargo del Departamento de Plantas de Separación,
Clasificación y Reciclaje. “Queríamos incluir
a las personas que venían a revolver la basura. La primera
planta dentro del Reciparque abrió en octubre de 2005”,
dice.
En
2004 Ceamse hizo un diagnóstico social sobre quiénes
iban al relleno. El 90% nunca había trabajado en relación
de dependencia. El 80% no tenía la primaria. Todos Reciclados
es una de las seis plantas sociales, y abrió en noviembre
pasado. Procesa 900 toneladas mensuales de residuos y recupera
más del 20 por ciento.
A
todas las dirigen y administran cooperativas de vecinos de los
asentamientos; es casi la única actividad que creció
en la zona. “Ceamse cede el terreno donde operan, la capacitación,
los artículos de seguridad e higiene, y la basura, que
es la materia prima”, explica Pozzuoli. En cada planta trabajan
70 personas que venden lo que separan. Acá un residuo no
es basura.
“Todo
tiene un valor”, enseña Mariela Herrera, 42 años,
gorrita rosa, cinco hijos y un marido que vive de changas. Su
cuñada, Norma Aranguiz, preside la asociación que
opera esta planta. Tiene 40, ocho hijos y gorra azul. Las dos
solían ir a la quema rodeadas de sus pibes. “Teníamos
problemas de salud, problemas con la escuela, porque los chicos
por venir acá no iban al colegio. Ahora les pagamos a las
mayores para que los cuiden mientras trabajamos. Compramos comida.
Es una cadena”.
Hay
algo peor que revolver la basura. Revolver y volver con las manos
vacías. “Separamos dignamente”, dice Mariela.
En la planta cobran un sueldo de 600 pesos cada quince días.
Esa plata sale de la venta de fardos de tapitas de gaseosa, de
envases de lavandina estrujados con precisión. Quince bolsones
de tapitas equivalen a 700 pesos. Usan guantes y barbijos. Hablan
de “molido”, de “extrusado”. De hacer
un techo con la plata de la caja chica para que los que separan
basura afuera no se mojen en invierno. Dicen que están
agradecidas a Ceamse. Que ahora se sienten parte de algo. Siempre
se acuerdan de los que revuelven el relleno. “Es muy triste,
muy triste lo que pasa en el relleno”, dicen. Para no olvidar
que las plantas sociales tienen que mantenerse en pie, Marcela
Pozzuoli va a la quema y, desde la cima, mira.
Por
Maru Ludueña, criticadigital.com, 29.05.2008
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De
la basura de los porteños se ocupan los cartoneros
en las calles de Buenos Aires; nadie pierde tiempo en explorarla.
La premium tiene la mayor capacidad de recupero. Los camiones
la llevan a las plantas recicladoras, salvo los días
de poda. |